—Necesito que me consigas un apartamento en el centro, algo discreto, pero cómodo.—¿Para mudarte? —preguntó Valeria, sorprendida.-Si. No quiero seguir aquí.Valeria, que conocía el tono definitivo de su jefa, no hizo más preguntas. Puso manos a la obra.Dos días después, Ámbar ya tenía las llaves de un penthouse pequeño, con ventanales amplios y una vista despejada frente a la empresa. Sería la excusa perfecta. Estar cerca del trabajo.El día de la mudanza, Diógenes apareció en su puerta sin que ella lo pidiera.Llegó en su nuevo auto con batidas, frutas y hasta un microondas nuevo.—No era necesario —protestó Ámbar al ver descargar esas cosas.—Lo sé —dijo él, sonriendo—. Pero quería hacerlo.Durante horas, trabajaron juntos en silencio.Él armó los muebles, colocó los cuadros que ella había traído de una galería de arte con ayuda de su asistente, y cuando el sol empezó a caer, se sentaron en el suelo del balcón, rodeados de cajas y del olor a cartón nuevo.El cielo se tiñó de nara
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