Mía firmó los últimos papeles. Un cosquilleo recorrió su estómago por la emoción.
Después de mucho tiempo, su bebé iría a casa. Azel estaba estable. Fuerte. Listo para salir de ese hospital.
La enfermera le entregó una bolsa con medicamentos. El médico le dio instrucciones detalladas. Citas de seguimiento.
—Felicidades, señora Yailes. —La mujer sonrió con calidez genuina—. Su hijo al fin tiene el alta.
Mía asintió. Las lágrimas le quemaban los ojos. Pero eran lágrimas buenas. De alivio. De feli