Ya en el departamento, con Azel dormido en el portabebé e Izel en la cuna, Adriel, con el pecho apretado, se debatió entre formular esa pregunta de la que tanto ansiaba conocer la respuesta o simplemente dejarlo pasar.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó con verdadero interés. Su espalda se reclinó en el respaldo del sillón—. El intento.
Inhaló una gran cantidad de aire y, aun así, Mía se sintió sofocada.
Tragó saliva. Se humedeció los labios. Las palabras le costaron.
—Cada día eras más crue