Mía puso los ojos en blanco. Tomó un sorbo de té. Demasiado caliente. Le quemó la lengua.
—No seas ridículo.
—Entonces ¿por qué me lo muestras?
—Porque deberías tener más cuidado. —Mía dejó la taza sobre la mesa. El sonido resonó—. Si vas a estar comprometido con alguien, tal vez no deberías andar en esta casa a las nueve de la noche.
—Esto —Adriel se inclinó hacia adelante—, es tu casa y la de mis hijos. Donde yo puedo entrar cuando quiera.
—Qué conveniente. —La risa salió amarga—. ¿Y qu