Pero Marcos no parecía dispuesto a esconderse ni mucho menos; por el contrario, frunció el ceño y la miró con algo de enojo. La interrogante estaba clara en su cara, aunque no la formuló en voz alta: «¿Quién diablos te busca a esta hora?». Ella estaba igual de confundida y solo podía pensar en que, tal vez, alguien lo había visto subir por la ventana y había avisado al prefecto. ¡Oh, cielo! En ese caso… —Marcos, escóndete, por favor. Es urgente —urgió, tratando de moverlo, de llevarlo hasta debajo de la cama; pero no tenía más fuerza que él. Si no colaboraba, entonces sus esfuerzos serían en vano, y no se podía permitir eso. La cantidad de problemas que se le vendrían encima si los descubrían era abrumadora—. Por favor… —le suplicó de nuevo. Se sentía al borde de las lágrimas y no era una persona precisamente sentimental. De mala gana le hizo caso; chasqueó la lengua y metió su enorme cuerpo debajo de la cama, pero, aun así, sus pies quedaban a la vista, así que no tuvo otra opció
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