Pero Marcos no parecía dispuesto a esconderse ni mucho menos; por el contrario, frunció el ceño y la miró con algo de enojo. La interrogante estaba clara en su cara, aunque no la formuló en voz alta: «¿Quién diablos te busca a esta hora?».
Ella estaba igual de confundida y solo podía pensar en que, tal vez, alguien lo había visto subir por la ventana y había avisado al prefecto.
¡Oh, cielo! En ese caso…
—Marcos, escóndete, por favor. Es urgente —urgió, tratando de moverlo, de llevarlo hasta