—¿Qué…? —Lo miró como si le hubiera crecido una segunda cabeza. Ya sabía que su amigo no era del todo cuerdo, pero esto pasaba los límites de lo aceptable—. ¿Dormir… aquí? —logró articular, señalando el estrecho espacio de su cama—. Marcos, ¿has perdido el juicio? No puedes quedarte. Es inapropiado, es arriesgado y… ¡es mi cama!
No era egoísta; pero, cielos, no la podía compartir. Sentía que en alguna parte de su cerebro había escuchado un consejo al respecto antes:
“Dormir con alguien es entre