Decir que todo su ser no palpitaba de deseo por su voz grave y excitada sería una mentira descarada; sentía que el mundo le daba vueltas con solo eso. Sentía que lo prohibido estaba ahí, al alcance de su mano, y quería tomarlo, retorcerlo y hacerlo completamente suyo.
«Es Marcos. No puedes…», la voz de su madre quiso filtrarse en su cabeza a modo de reprimenda, pero la desechó sin demasiada sutileza.
No.
No, no era Marcos. No era su amigo de la infancia. No era su hermano. Era solo un hombre al