Nunca me había sentido tan invisible en una habitación tan lujosa. El comedor de la mansión Rivera era un despliegue de cristalería fina y cubiertos de plata, pero para mí el ambiente era gélido.La disposición de la mesa fue el primer golpe. El patriarca presidía la mesa y justo a su derecha habían sentado a Alejandro e Isabela juntos, hombro con hombro, como si fueran la pareja anfitriona. A mí me habían relegado a un extremo de la mesa, separada de Alejandro por las tías Aurora y Griselda, quienes actuaban como una muralla humana.— Es fascinante cómo cambian las prioridades cuando llega un heredero — comentó Griselda, inclinándose sobre su plato sin siquiera mirarme — Alejandro, deberías ver la lista de guarderías que el abuelo ya está preseleccionando.Alejandro estaba rígido, sus nudillos blancos mientras apretaba el tenedor. Intentó buscar mi mirada, pero Isabela, con una agilidad de serpiente, se inclinó hacia él, rozando su hombro.— Oh, pero lo más importante es la ecografía
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