El mundo pareció detenerse. La copa de cristal en la mano de Eva pesó toneladas mientras el aire se volvía irrespirable. Al levantar la vista para cumplir con el protocolo, no encontró a un extraño, sino a un fantasma de su pasado.
Frente a ella estaba Theodore Mendieta.
Pero no era el Theodore que ella recordaba. No era el chico retraído de los suburbios que se escondía tras unos anteojos de armazón grueso y cuya risa quedaba atrapada en unos brackets metálicos. El hombre que ahora la miraba t