Esa noche mientras el mundo exterior se volvía una red de peligros y sombras la mente de Theodore se refugió en el único lugar donde todavía podía encontrar aire puro.
En el sueño, el aire olía a las golosinas baratas que compartían a escondidas. Eran adolescentes de quince años, sentados en su refugio secreto, un rincón olvidado donde el mundo de los adultos y sus crueldades no podían alcanzarlos.
Theodore se vio a sí mismo: un chico delgado de anteojos que siempre parecían a punto de resbalar