Singapur olía distinto.
Stefan no supo explicarlo; lo sintió apenas se abrieron las puertas del avión: humedad espesa, algo vegetal, sal. No era Manhattan ni Londres. Era un olor sin memoria.
Y eso lo incomodó.
En llegadas lo esperaba un chofer joven: traje oscuro, tableta en mano, su apellido como instrucción. Lo saludó con eficiencia. Otro acento. La misma precisión.
Stefan lo registró con una irritación absurda: en Nueva York, el apellido abría sonrisas; aquí abría procedimientos.
Cruzaron la