El teléfono vibró cuando Luciana estaba preparando el café, justo antes de que el agua hirviera. La pantalla mostró el nombre de Julian, y ella atendió sin pensarlo, como si el gesto viniera de una parte que aún no se había enterado de que estaba cansada.
—Luciana —dijo Julian. El tono era el mismo de siempre, pero había una precisión distinta, una urgencia controlada que no se disfrazaba de entusiasmo—. Hay un sitio que te gustaría. No lo busques. No sirve G****e para esto.
Luciana apoyó la taz