La invitación no fue una invitación.
Fue una pregunta sobre los árboles.
El sábado de la cosa que Julian no había querido adelantar resultó ser un paseo por el High Line casi al cierre, cuando la gente ya se iba y quedaban solo los jardineros apagando los sistemas de riego y algún rezagado con auriculares. Caminaron desde la calle 30 hasta la 14, el tramo donde la ciudad desaparecía lo suficiente para escuchar los propios pasos y donde el ruido, por un rato, dejaba de pedirles nada.
Al b