El pequeño Erik cumplió un año en abril.La celebración fue sencilla: una tarta, velas, los abuelos reunidos alrededor. Pero para nosotros, los que sabíamos, era mucho más que un cumpleaños. Era la confirmación de que la vida seguía, de que el círculo no se cerraba, de que las preguntas continuarían.Leo y Sofia vinieron con el niño a pasar el verano en el fiordo. Fueron semanas de luz eterna, de paseos por la orilla, de baños en el agua fría. El pequeño Erik descubría el mundo con esa mezcla de asombro y curiosidad que solo tienen los niños.—Mira, abuelo —decía, señalando un pájaro, una flor, una piedra—. ¿Qué es?Y yo respondía, inventaba, contaba historias. Porque eso es lo que hacen los abuelos: convierten el mundo en un cuento.Una tarde, mientras jugaba en la orilla, el niño se quedó quieto, mirando fijamente el horizonte. Sofia se acercó preocupada, pero Leo la detuvo.—Déjalo —dijo—. Está viendo algo.—¿El qué?—No lo sé. Pero no le tengas miedo.El niño señaló con su manita
Leer más