El verano de 2047 fue el más intenso que Erik recordaba.No por el calor, que en Suecia siempre es moderado, sino por la cantidad de cosas que aprendió, de preguntas que hizo, de luces que vio. Desde aquel encuentro junto a la charca, algo había cambiado en él. No era miedo, no era ansiedad. Era una certeza nueva: el abuelo estaba allí, siempre, aunque no lo viera.Las vacaciones escolares las pasó, como siempre, explorando el bosque, visitando la charca, haciendo preguntas sin fin. Pero este verano fue diferente. Este verano, Leo decidió que era momento de enseñarle cosas nuevas.—Tu abuelo me enseñó a mí —dijo una tarde, mientras paseaban—, y ahora me toca a mí enseñarte a ti.—¿Qué vas a enseñarme?—A leer el mundo. A entender las señales. A escuchar el silencio.Empezaron con lo básico. Leo le mostró cómo observar las nubes para predecir el tiempo, cómo reconocer las huellas de los animales, cómo orientarse sin brújula. Erik aprendía rápido, con esa mezcla de intuición y curiosida
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