El otoño llegó con su paleta de ocres y rojos, pintando las laderas del fiordo como si supiera que este año era especial.
Los días se acortaban, las noches se alargaban, y en la cabaña, el fuego crepitaba con más frecuencia. Lena y yo habíamos entrado en esa etapa de la vida en la que los movimientos son más lentos, las palabras más medidas, los silencios más profundos. Pero no era tristeza. Era plenitud.
La boda de Leo y Sofia había sido el acontecimiento del año, pero no el único. Poco despué