Estaba en el salón de nuestra casa, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, intentando no reírme demasiado mientras Emma me pasaba el cepillo por el cabello una y otra vez, enredándolo más de lo que lo arreglaba. Llevaba un tutú rosa que Leah me había puesto alrededor de la cintura, y la sombra azul que Emma me había aplicado en los párpados me picaba un poco, pero no me importaba en absoluto.Las niñas tenían tres años, y cada día eran más ellas mismas: Leah, la práctica, preparando "comida" en su cocinita de juguete, sirviendo platos imaginarios con seriedad absoluta; Emma, la creativa, obsesionada con ponerme lindo, agregando collares de cuentas y rubor en las mejillas.—Papi guapo —dijo Emma, mirándome con esos ojos grandes que había sacado de Amanda, satisfecha con su obra.—Gracias, princesa —respondí, fingiendo posar como modelo—. Estoy listo para la fiesta.Leah llegó corriendo con una bandeja de plástico, "sirviendo" té en tazas diminutas.—Toma, papi. Té con leche y azú
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