Andrew llevaba más de una hora sentado en una de las sillas duras de la comisaría, con el abrigo doblado sobre las piernas y el teléfono apagado entre las manos. No lo había encendido ni una sola vez desde que el inspector le pidió que esperara. No porque no quisiera avisar a Eric, sino porque no soportaba la idea de escribirle algo que todavía no estuviera cerrado.
Demasiadas cosas en aquella historia se habían movido durante días en un terreno incierto. Ahora necesitaba hechos.
El despacho al