Abel estaba en el sofá, con la copa apoyada en el muslo y la televisión encendida sin volumen alto, dejando que las imágenes le cruzaran por delante sin prestarle verdadera atención.
Se había acostumbrado a ese pequeño ritual nocturno desde que todo ocurrió, desde que supo que Amanda seguía respirando. Al principio fue terror, un miedo torpe que le desordenó la cabeza durante dos días enteros y lo obligó a revisar cámaras, puertas y ventanas como un paranoico, pero luego llegó la parte que él c