A las ocho de la mañana en punto, tres días después de todo lo que había pasado, la habitación estaba extrañamente tranquila. No había carreras por el pasillo, ni médicos entrando con prisa, ni esa tensión que se había instalado durante días en cada respiración. Solo se oía el murmullo bajo de una enfermera al empujar el carro con material y el sonido leve de una incubadora portátil que habían acercado a la cama.
Amanda estaba recostada, con la espalda bien apoyada en los cojines y una bata lim