El cierre no llegó como un acto solemne. No hubo comunicados finales, ni discursos, ni una fecha marcada en el calendario como “el día en que todo terminó”. El cierre llegó como llegan las cosas verdaderas: cuando ya no hacen ruido al irse. Adriana lo entendió una mañana cualquiera, al despertar sin la urgencia de revisar el teléfono. No había mensajes nuevos, ni alertas, ni nombres repitiéndose en su mente como una letanía inconclusa. El silencio ya no era tenso. Era simplemente… silencio. Se sentó en la cama y apoyó los pies en el suelo con calma. Ese gesto mínimo le confirmó algo que llevaba días evitando aceptar: el conflicto ya no la necesitaba. No a ella. En San Gregorio, la investigación seguía su curso burocrático. Los procesos avanzaban con la lentitud habitual de cualquier sistema que intenta protegerse incluso cuando corrige. Algunos expedientes se engrosaban, otros se diluían. Había nombres que aparecían una y otra vez, y otros que quedaban estratégicamente relegados
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