—¡Lárgate de aquí! —la voz de Andrew cortó el aire como una hoja afilada, sin temblar, sin dejar un rastro de duda.Beatriz se detuvo, con el maquillaje corrido y las manos temblorosas. Sus sollozos apenas le permitían respirar.Levantó la mirada hacia él, buscando un mínimo gesto de compasión, un respiro, algo que la salvara del abismo en el que se estaba hundiendo. Pero Andrew no ofreció nada. Sus ojos estaban duros, fríos, sellados por una decisión irrevocable.—Andrew… —su voz se quebró— por favor… ten piedad. Me equivoqué, cometí un error, ¡pero solo te amo a ti!La súplica chocó con él como si fuera una pared de acero. Andrew no titubeó ni un segundo. La tomó del brazo con brusquedad, sin delicadeza, sin ese cariño que alguna vez le ofreció. Beatriz apenas pudo mantener el equilibrio mientras él la arrastraba hacia la habitación.La puerta estaba entreabierta, y cuando ella alzó la vista, lo vio: en la cama, bajo las cobijas, estaba Stelle, con el cabello desordenado, respirando
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