El nuevo apartamento de Azra olía a pintura fresca y a una libertad costosa. Situado en un piso alto con vista a los puentes de Estambul, el espacio era minimalista, moderno y, sobre todo, invisible para los Seller. Azra caminaba por el salón, acariciando el borde de un sofá de terciopelo, mientras su hermana abría las cajas restantes.
—¿Qué te parece, hermana? —preguntó Azra, deteniéndose frente al ventanal. Su reflejo le devolvía la imagen de una mujer que había dejado atrás la palidez de la