Ariel, viéndose rodeada y juzgada por todos, finalmente dejó caer la farsa. Se irguió, sus ojos inyectados en un brillo febril de locura y celos. —¡Esto es tu culpa, Emmir! —gritó ella, señalándolo—. ¿Qué creían? ¿Que me quedaría sentada, mirando cómo mi esposo me engañaba en mi propia cara? ¿Que permitiría que esa mujer se riera de mí mientras tú te escapabas con ella? ¡Me defendí! ¡Defendí lo que es mío!
Zeynep no pudo contenerse más. En un arrebato de dolor fraternal, se lanzó sobre Ariel, p