El aire dentro de la habitación principal de los Seller era tan espeso que podía cortarse con un cuchillo. Kerim caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado, sus pasos pesados haciendo crujir el suelo de madera noble. Zeynep, sentada en el borde de la cama, lo observaba con una mezcla de asombro y temor. Había visto a Kerim molesto, lo había visto arrogante y frío, pero nunca lo había visto así: con una furia que parecía emanar de sus poros, una rabia que amenazaba con consumir todo a s