El Jeep de Adrián derrapaba violentamente sobre el asfalto mojado, mientras las luces de los sedanes de la seguridad de Aurora parpadeaban en el retrovisor como ojos de una bestia hambrienta. La lluvia caía con tal fuerza que los limpiaparabrisas apenas daban abasto. Dentro, el aire era espeso: el jadeo de Anastasia, el motor rugiendo y el silencio tenso de Valeria, que apretaba la carpeta contra su pecho. De repente, una figura metálica surgió de la penumbra del camino. Un coche de lujo, oscuro y pesado, se atravesó en la carretera con una precisión quirúrgica, obligando a Adrián a clavar los frenos. El Jeep se detuvo a pocos metros. Ahí estaba él. Silas Voss. El motor del coche de Silas seguía encendido, ronroneando. A través del cristal empapado, Silas no miró a Adrián, ni miró a la herida Anastasia. Sus ojos, cargados de una fijeza depredadora, se clavaron directamente en Valeria. Dibujó una media sonrisa cínica, una mueca que decía que, a pesar de la huida, él seguía siendo el
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