El avión privado surcaba las nubes a treinta mil pies de altura, una burbuja de lujo y silencio suspendida entre el cielo y la tierraOlivia observaba por la ventanilla el mar algodonoso de nubes. Abajo, invisible, estaba la ciudad que albergaba su futuro, su legado. El hotel piloto estaba listo. Cada informe, cada llamada final de su equipo en tierra, confirmaba que la implementación había sido un éxito rotundo, un triunfo de su visión contra viento y marea. Debería haberse sentido eufórica, invencible. En cambio, una losa de hielo se había instalado en su pecho.Alexander estaba sentado frente a ella, separados por una mesa de caoba pulida. La luz tenue de la cabina acariciaba los ángulos duros de su rostro, iluminando los documentos que revisaba con una concentración feroz. Pero Olivia, que había aprendido a leer los microgestos del hombre más impenetrable que conocía, detectaba la anomalía. Era una vibración sutil, una tensión diferente a la presión habitual de un gran lanzamiento.
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