Margaret se quedó en silencio, observando cómo la mujer desaparecía entre la multitud del salón sin volver la vista atrás. No hubo satisfacción inmediata en la victoria, ni un alivio pleno. Solo una calma extraña, tensa. Algo había cambiado, y lo sabía, desde ese momento todo lo que había logrado pendía de un hilo, y aunque eso la ponía nerviosa, no se asustaba.A su lado, Elize negó lentamente con la cabeza, todavía procesando lo ocurrido. Se inclinó hacia ella, con el ceño fruncido.—¿Qué fue todo eso? —preguntó en un susurro—. Esa mujer… no estaba aquí solo por el terreno, ¿verdad?Margaret tardó un segundo en responder. Sus ojos seguían fijos en el pasillo por el que la desconocida se había marchado, como si esperara que regresara para confirmar que no había sido una ilusión. Finalmente, desvió la mirada y esbozó apenas una sonrisa con la comisura de los labios.—Ya lo sabes —dijo con suavidad—. Nada es perfecto, pero n, pero no te preocupes Elize, por ahora, el terreno es nuestr
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