La fiesta estaba en su apogeo. Los niños corrían y jugaban entre las mesas, sus risas como música sobre el bullicio. Fiore, con su cabello al viento, conversaba animadamente con Gabrielle cerca de la fuente. Los adultos, relajados y alegres, reían a carcajadas con los chistes que se contaban, con el aroma de la parrilla y la dulzura de los postres flotando en el aire.En una mesa, Daniel, Charly, Emiliano y Richard desplegaban su característico humor latino, cada uno con el sello único de su país, creando un cóctel de historias que hacía que incluso los más serios soltaran la risa. Un poco más allá, Salvatore y Alessandra intercambiaban miradas cargadas de complicidad y palabras que solo ellos entendían. Nick e Isabella, integrados en un grupo, rememoraban anécdotas de sus años en Nueva York y, por un momento, las arrugas de preocupación se borraron de sus rostros.La llegada del abuelo Don Marcos, con su fiel Jacomo a un paso detrás, causó una conmoción de alegría. Marco, Fiore y Ale
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