El ambiente en el palco VIP del club era una mezcla tóxica de perfume caro, alcohol de alta gama y una tensión que se podía cortar con el filo de un puñal. Mientras las luces de neón bañaban la estancia en tonos púrpuras y rojos, Salvatore se recostaba en el sofá de cuero con una indolencia peligrosa. A su lado, la mujer que Richard le había enviado —una belleza de curvas peligrosas y ojos hambrientos— reía con una falsa familiaridad, rozando su hombro con el de él. Thiago, al otro lado, intentaba mantener una conversación trivial con su acompañante, pero sus ojos no dejaban de vigilar la entrada y, sobre todo, la pista de baile debajo de ellos.Abajo, en la penumbra de la pista, la guerra se libraba sin armas de fuego. Salvatore mantenía su mirada gélida clavada en la figura de Max, quien, consciente de ser observado, comenzó a acariciar el rostro de Alessandra con una lentitud provocadora. No era solo un gesto de afecto; era una marca de territorio. Cuando Max se inclinó y selló sus
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