En la casa de Lilian, el silencio se instaló de nuevo, pero ya no era un silencio tenso, sino una tregua necesaria. Leonid respiraba con dificultad, con el pecho aún agitado por los sollozos que lo habían ahogado minutos antes. Lilian continuaba arrullándolo, acariciando su cabello con una calma maternal, pero en sus ojos ya se leía una despedida. Ella ya había tomado una decisión, una que le partía el corazón pero que le devolvía la paz.Leonid se sentía demasiado cómodo en ese abrazo, pero sabía que esa comodidad era una mentira si no terminaba de vaciar su conciencia. Se separó un poco, mirando a Lilian a los ojos con una sinceridad que le dolía.—Lilian, no puedo seguir haciéndote daño —dijo con la voz rota—. Necesitas saber por qué hice lo que hice.Ella asintió, instándolo a seguir. Leonid tomó aire, sintiendo que cada palabra era una piedra que se quitaba de encima.—Me enamoré de Valeria en las pocas salidas que tuvimos antes de todo el desastre. Pero me asusté, Lilian. Me ena
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