El helicóptero descendió con un rugido ensordecedor, en un claro a las afueras de la propiedad en Westchester. El aire de la tarde se sentía pesado, cargado con la humedad de una tormenta que amenazaba con estallar considerando la oscuridad en el cielo. Leonid Volkov bajó primero, con su abrigo largo ondeando y una expresión que habría asustado al hombre más valiente. No llevaba armas; nunca las portaba. Para Leonid, el acero y el plomo eran herramientas para aquellos que no tenían el poder suficiente para dominar con la mirada. Detrás de él, Antoine Kirill y Elton Barney se movieron con la precisión de máquinas de guerra, seguidos por cinco hombres más que portaban pistolas automáticas y rostros de piedra.Caminaron a pie, flanqueando la entrada de la hacienda, protegiendo a su jefe. Kirill hizo una señal y sus hombres se posicionaron en los puntos ciegos de la fachada. Todo estaba demasiado silencioso, sin cámaras activas, ni guardias en el perímetro, ni siquiera el zumbido de los s
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