En el último piso de un rascacielos en Manhattan. El silencio solo era roto por el zumbido constante de los servidores y el golpe rítmico de unos dedos sobre un teclado. Leónid Volkov se hallaba de pie frente a una pared del cristal, observando las luces de la ciudad. Sin embargo, su mente todavía se encontraba a kilómetros de allí en la casa Montenegro luego de salir de aquel callejón donde el aroma de Valeria se había desvanecido entre los gases de los escapes de los autos y el hedor de la ba