El aterrizar en aquellas montañas de Canadá fue para Valeria como viajar a otro mundo. En el preciso momento que las puertas del helicóptero se abrieron, un aire frío no solo cortó su respiración, sino que la golpeó a tal grado que sus huesos sintieron la ráfaga; el llanto la ahogaba, pero sus lágrimas se secaron al instante. Había dejado atrás el calor de la hacienda, la enfermedad de su padre y el amor de su madre y hermano de nuevo para quedar atrapada en un desierto de nieve y pinos donde e