Esa noche, el silencio del Valle Sagrado se sintió más pesado que de costumbre. Liam se levantó a mitad de la madrugada, con los ojos soñolientos y un puchero en los labios, pidiéndole a su mamita que durmiera con él. Valeria, con el corazón enternecido, lo cargó y lo llevó hasta su cama para que descansaran juntos, esperando que el calor del abrazo arrullara al pequeño rápidamente. Sin embargo, la mente del niño estaba en otro lugar.Liam se acomodó entre las sábanas y, de la nada, lanzó la pregunta que Valeria tanto temía.—¿Nónde está mi papi? —preguntó con su vocecita inocente.Valeria se quedó helada. No supo qué responder en ese momento y optó por cerrar los ojos, fingiendo que el sueño la había vencido. Pero el niño no se dio por satisfecho y volvió a preguntar, esta vez con un tono más triste que le partió el alma.—¿Po qué mi papi no me quiere, mami?A Valeria se le escaparon las lágrimas al instante, rodando en silencio sobre la almohada. No se movió para no delatarse, pero
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