Paolo exhaló profundamente. Toda la ropa seguía ahí; la ansiedad que le oprimía el pecho comenzó a disminuir.Se dejó caer con pesadez sobre el suave colchón, sacó una cajetilla de cigarros, tomó uno y lo encendió. Dio una calada profunda y el humo se elevó en espirales, difuminando las líneas marcadas de su cara.No sabía por qué sentía esa inquietud; al abrir el armario hace unos instantes, sus manos incluso habían temblado. Cada vez que la tensión lo superaba, necesitaba el tabaco para adormecer sus nervios.Cuando el cigarro se consumió, Paolo se cambió de ropa rápidamente y caminó a paso firme hacia la sala.Sus ojos recorrieron la casa con agudeza, buscando en cada rincón, pero no encontró rastro de Cristina. Caminó hacia la cocina y se acercó a la señora Sofia, que estaba ocupada con sus labores.—Sofia, ¿vio a Cristina esta mañana? —preguntó Paolo, con el ceño fruncido, aunque intentó que su tono sonara casual.Sofia se detuvo, levantó la mirada y lo miró.—Joven, Cristi salió
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