La voz de ese hombre, sus rasgos, todo era idéntico a él. Pero no podía creerlo. Ciro jamás le dispararía. Se negaba a creerlo...
Mientras seguía en shock, una voz familiar cayó sobre ella desde arriba, retumbando en su cabeza confundida:
—¿Qué haces ahí tirada?
Paolo tenía el ceño fruncido. Verla sentada en ese rincón olvidado, con esa apariencia frágil, le estrujó el corazón. Su tono, aunque brusco, denotaba preocupación.
...
Cristina aún no se recuperaba de la impresión y miraba con ojos vacíos hacia la dirección por donde había huido el hombre misterioso.
—¿Te sientes mal?
Paolo se agachó con semblante serio y le tocó la frente. Hizo una mueca de disgusto, extendió sus brazos y la levantó del suelo mientras se quejaba:
—¿Para qué te sientas aquí a plena luz del día? Qué ridículo...
Cristina seguía con la mirada perdida en la nada, tardando una eternidad en reaccionar.
—Dime, ¿qué tanto miras?
Paolo resopló, giró la pálida cara de la chica hacia él y un destello de dolor cruzó sus