378. DESPUÉS DEL ATAQUE
LUCILA:Acher asintió rápidamente y, con un ademán respetuoso hacia Damián y otro hacia mí, se retiró del salón. Una vez que se cerró la puerta, el silencio entre Damián y yo fue tan espeso que podía cortarse con un cuchillo. Lo miré de reojo, aferrándome ahora al cojín del sofá como si fuera mi salvavidas personal.—Sí, señor —respondió Acher el Pelirrojo.—Mantén la vigilancia —ordenó, mientras me miraban con tal intensidad que sentí un escalofrío bajar por mi espalda—. Yo me encargo de mi esposa.—Sí, señor. Y perdón de nuevo, no quise sobrepasarme —Acher se inclinó suavemente antes de girarse para salir, pero lo detuve.—¡No lo hiciste, Acher! Ve y regresa rápido, por favor —le pido, todavía agarrada de su mano—. ¡Y tú deja de hacerte mi esposo, que no lo eres, no lo eres! Ven rápido, Acher.—Lo haré, señorita, lo haré —repite Acher de nuevo. — Aunque no nos vea, siempre estamos alrededor de usted protegiéndola. ¿Lo sabe, verdad?—Sí, sí, pero tengo miedo, te quiero conmigo —exigí
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