378. DESPUÉS DEL ATAQUE
LUCILA:
Acher asintió rápidamente y, con un ademán respetuoso hacia Damián y otro hacia mí, se retiró del salón. Una vez que se cerró la puerta, el silencio entre Damián y yo fue tan espeso que podía cortarse con un cuchillo. Lo miré de reojo, aferrándome ahora al cojín del sofá como si fuera mi salvavidas personal.
—Sí, señor —respondió Acher el Pelirrojo.
—Mantén la vigilancia —ordenó, mientras me miraban con tal intensidad que sentí un escalofrío bajar por mi espalda—. Yo me encargo de mi es