Marcus aprendió a dominar el músculo más difícil de entrenar: el de no reaccionar. Al principio le costaba porque su instinto era el de siempre, el de un hombre que resuelve, que corta de raíz, que confronta y protege con el cuerpo si hace falta. Pero con Clara eso era justo lo que no debía hacer. Clara no peleaba con fuerza: peleaba con reacción. Vivía de provocar, de empujar botones invisibles, de sacar culpa, miedo o rabia para después usarla como correa. Marcus lo entendió tarde, y aun así lo entendió a tiempo. Así que cuando Clara empezó con su repertorio —mensajes dramáticos, silencios castigadores, insinuaciones de tragedia, frases diseñadas para hacer que él corriera detrás— Marcus se convirtió en una pared. No fría, no agresiva, no evidente; una pared elegante. Una pared que respon
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