Lana lloró durante un buen rato. No eran lágrimas discretas ni silenciosas; eran de esas que te sacuden desde adentro, que hacen que el pecho suba y baje con un temblor que no puedes controlar. Yo la sostuve sin decir nada, solo acompañando su respiración entrecortada, sintiendo cómo cada sollozo me atravesaba como si fuera mío. Poco a poco, el llanto fue amainando, volviéndose más suave, más cansado. Sus dedos, que antes se aferraban a mí como si fuera lo único que la mantenía en pie, terminaron relajándose.Cuando por fin se calmó lo suficiente, se separó despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera volver a romperla. Se dejó caer otra vez en el suelo, con la espalda apoyada contra los gabinetes de la cocina, y se limpió las lágrimas con la manga de la sudadera. El gesto era torpe, casi infantil.Alguien le había pegado.Alguien, en algún momento de ese día, se había atrevido a ponerle una mano encima.Y lo que más me rompía no era el golpe en sí, sino la forma en que su al
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