90• Hasta luego, Nora.
Desperté de golpe, con las mejillas húmedas y un nudo cálido en la garganta. No estaba llorando de tristeza… era todo lo contrario. Era como si algo en mí hubiera sido devuelto, como si una parte perdida hubiese vuelto a tocarme el alma. Mi pecho subía y bajaba rápido, aún tembloroso por la intensidad del sueño.
Escuché pasos y, un segundo después, Richard salió del clóset ajustándose el reloj. Apenas me vio incorporada y llorando, su expresión cambió por completo; frunció el ceño, cruzó la habitación en dos zancadas y se sentó a mi lado, tomándome por los hombros con cuidado.
—Hey, hey… ¿qué pasó? —susurró—. ¿Tuviste una pesadilla?
Negué, respirando hondo, intentando poner en palabras lo que todavía me quemaba por dentro.
—No… —murmuré, limpiándome la cara con el dorso de la mano—. Fue el sueño más hermoso que he tenido en mi vida… pero también el más doloroso.
Richard me sostuvo un poco más fuerte, como si temiera que me quebrara. Y yo cerré los ojos, dejándome contener, todavía con