84• Lo prometo.
Ahora descansaba envuelta en sus brazos. Sentía su pecho ascender y descender bajo mi mejilla, ese movimiento lento y constante que debería haber sido suficiente para convencerme de que estaba despierta. Pero, aun así, el miedo persistía, pequeño y terco, escondido entre mis costillas. Porque Richard ya me había asegurado una y otra vez que era real… y aun así temía que, si cerraba los ojos durante demasiado tiempo, despertaría sola en la oscuridad del viñedo, descubriendo que todo había sido solo un sueño que mi corazón desesperado había inventado.
Incluso después de haber hecho el amor —después de sentir su piel contra la mía, de escucharlo decir mi nombre con esa voz ronca que siempre me derretía, de tenerlo tan cerca que creía que nuestros corazones latían al mismo ritmo— la duda seguía ahí. Me escuché preguntarle por tercera o cuarta vez si de verdad estaba conmigo. Él solo suspiró, y esa paciencia que parecía guardar exclusivamente para mí se derramó en su gesto. No necesitó res