85• Solo confía en mí, Nora.
A la mañana siguiente, los cuatro desayunábamos juntos en la mesa grande de la cocina. Grace había preparado panecillos recién horneados cuyo olor llenaba toda la estancia, y Samuel servía café como si estuviera manejando un ritual antiguo que solo él conocía. La escena era tan cálida que costaba creer lo que habíamos vivido la noche anterior.
Decidimos quedarnos en el viñedo. No habríamos podido hacer otra cosa. Después de tantas horas en nuestros brazos, después de reencontrarnos con tanta fu