89• Protege a tu bebé.
Bajé las escaleras del viñedo con la intención de distraerme, pero antes incluso de llegar al último escalón, un aroma me detuvo. Era un olor dulce, cálido, ligeramente cítrico… un aroma que conocía demasiado bien. Era el que siempre llenaba mi casa cuando mamá cocinaba los domingos por la mañana. Ese reconocimiento me erizó la piel.
Me quedé quieta, sin atreverme a moverme. Era imposible. Nadie aquí cocinaba como ella. Nadie usaba sus especias, sus mezclas. Nadie sabía preparar las cosas como ella las hacía. Y aun así, ahí estaba: ese perfume hogareño que parecía venir directamente del pasado, como si el tiempo hubiera decidido doblarse para tocarme el hombro.
Di un paso… luego otro. Y entonces lo escuché.
Una música suave, casi imperceptible bajo el murmullo distante del viento. La radio. Esa canción en particular. La favorita de mamá. La misma que ella tarareaba mientras lavaba los platos, chocando los anillos contra el borde del fregadero. La misma con la que intentaba calmarme cu