Él sabía que debía ser él quien mantuviera el control, después de todo, a lo largo de estos años lo había hecho muy bien, sin embargo, los efectos de la droga cada vez dolían más y estaban desquiciándolo.La mano de Stephano se enredó en el cabello de Adhara con una mezcla de desesperación y adoración. Sus nudillos estaban blancos por el esfuerzo sobrehumano de no dejar que sus instintos tomaran el control total de su cuerpo. Sus ojos ahora estaban carentes de pupilas, pero aún así, se clavaron en los de ella, buscando el último rastro de la mujer que amaba bajo la neblina de la droga.Adhara a su vez, miró hasta las personas que iban y venían por el pasillo y después se enfocaron en las cámaras.—Mírame, Adhara —gruñó él y su voz sonó demasiado peligrosa—. No a ellos, no mires a esos bastardos, mírame a mí.Stephano quería que ella lo viera, que viera al hombre, no a la bestia que los científicos querían ver. Ellos estaban convirtiendo algo sagrado en un experimento de laboratorio.
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