Stephano vio el dardo clavarse en el hombro de Adhara como si el tiempo se hubiera detenido.El mundo se redujo a ese instante, su cuerpo cayendo, sus ojos abriéndose con sorpresa, el gemido ahogado que escapó de sus labios. El terror lo golpeó al igual que un miedo brutal y primitivo que le heló la sangre. Luego llegó la furia, una oleada cegadora que le hizo gritar su nombre con desesperación.—¡Adhara!Su voz sonó como un grito desgarrado. En dos zancadas estuvo detrás de ella, sus brazos fuertes la rodearon antes de que tocara el suelo. La sostuvo contra su pecho con una angustia nunca antes había sentido. Su aroma lo envolvió, era dulce, cálido, mezclado con el miedo y ese aroma repentino y desconocido, algo dentro de él se alertó.—No, no, no... —gruñó contra su cabello con la voz rota por la rabia y el pánico—. Adhara, abre tus ojos, preciosa.La apretó más contra su cuerpo sintiendo cómo su respiración se volvía superficial. Su lobo aullaba dentro de él, furioso, territorial
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