El silencio reinaba dentro del vehículo de Matteo, mientras avanzaba por el asfalto de la carretera costera, alejándose del infierno del Puerto Norte.El peso de la noche todavía se aferraba a ellos, denso e invisible, recordándoles que nada de lo ocurrido se borraría con facilidad.La adrenalina, que los había mantenido en pie durante el combate, comenzó a disiparse de golpe, dejando paso a un temblor residual en las manos y una sensación de frío en los huesos.Lena notó el cansancio hundírsele en los músculos, un peso espeso que la obligaba a parpadear más despacio, como si cada movimiento requiriera un esfuerzo consciente.De repente, Matteo dio un volantazo y frenó el coche en el arcén de gravilla, bajo la luz de una farola solitaria. No apagó el motor. Se soltó el cinturón con violencia y se giró hacia ella, encendiendo la luz interior del techo.—Déjame ver —ordenó, su voz ronca y urgente.Antes de que Lena pudiera responder, las manos grandes de Matteo estaban sobre ella. No la
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