El sol de media mañana entraba a raudales por los ventanales de la cocina de la mansión, iluminando una escena que, para cualquier extraño, parecería sacada de una revista de vida doméstica, pero que para Lena era un milagro viviente.Matteo Vitale estaba cocinando.Y no era cualquier cocinero. El hombre estaba de pie frente a la isla de mármol, descalzo, vistiendo únicamente unos pantalones de chándal gris que colgaban peligrosamente bajos en sus caderas. Su torso desnudo era una escultura de músculos definidos y cicatrices de viejas batallas que se estiraban y contraían hipnóticamente mientras batía huevos con una destreza sorprendente.Lena lo observaba desde el umbral, apoyada en el marco de la puerta, sintiendo que le faltaba el aire. Ver a uno de los hombres más temidos de Italia, al mismo hombre que había amenazado con incendiar el mundo por ella, concentrado en no quemar unas tostadas, era una visión que le revolvía las hormonas.—Sé que estás ahí, Lena —dijo él sin girarse, c
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